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13/09/2013 - Radón. El enemigo radiactivo que se cuela bajo la puerta
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El radón, un gas radiactivo que emana del subsuelo y que tiende a acumularse en las viviendas, es la segunda causa de cáncer de pulmón después del tabaco en multitud de países, según la OMS. El Consejo de Seguridad Nacional y la UNED han elaborado el primer mapa que delimita las zonas con mayor riesgo de exposición a este gas en la península, lo que abre la puerta a la implementación de políticas de protección.

 

Luces de neón, faros de xenón, globos rellenos de helio… La familia de los gases nobles –la última columna de la tabla periódica– está formada por unos elementos muy especiales. Todos son gases extremadamente inertes, es decir, apenas reaccionan con otros elementos para formar compuestos, y tienen gran variedad de aplicaciones prácticas, desde la iluminación hasta la medicina. Pero, como toda familia, los gases nobles también tienen su oveja negra: el radón.

 

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, el radón supone, después del tabaco, el segundo factor desencadenante de cáncer de pulmón. Emana de las rocas y los suelos y se concentra en espacios cerrados. Una vez inhalado produce daños irreversibles en los tejidos biológicos. Según la UNSCEAR (el comité de las Naciones Unidas encargado de evaluar e informar sobre los niveles y efectos de las radiaciones ionizantes), el radón representa el 50% de toda la radiación natural que el ser humano recibe a lo largo de su vida.

 

 

Un premio Nobel radiactivo

 

¿Dónde se esconde esta ‘oveja negra’? La clave de la respuesta surgió a finales del siglo XIX, cuando el físico francés Henri Becquerel observó de manera casual que las sales de uranio que guardaba en un cajón habían emitido espontáneamente radiación que quedó registrada en una placa fotográfica. Becquerel acababa de descubrir la radiactividad natural.

 

Las posteriores investigaciones de Pierre y Marie Curie, inspirados por el revolucionario hallazgo, les permitieron profundizar en la explicación de este fenómeno. Añadieron dos nuevos elementos radiactivos a la tabla periódica: el radio y el polonio. Estos trascendentes pero peligrosos descubrimientos (la manipulación de las muestras sin ningún tipo de protección les provocó heridas, quemaduras e incluso cáncer) llevaron a sus autores a compartir el premio Nobel de Física en 1903.

 

 

Tal y como los Curie supusieron, un elemento radiactivo no es estable, sino que su núcleo tiende a desintegrarse espontáneamente. La consecuencia de esta desintegración nuclear es doble: por un lado, se forma un nuevo elemento y, por otro, se libera energía. La radiación emitida en el proceso puede ser de diferentes tipos: partículas alfa, radiación beta (electrones y positrones) o rayos gamma, cada uno de los cuales lleva asociada distinta energía.

 

El uranio, por ejemplo, tras una serie de decaimientos alfa y beta, se transforma en radio. Este, a su vez, se desintegra y se convierte en radón. No en vano, el nombre del radón es un acrónimo de la expresión “radium emanation” (emanación de radio) utilizada por su descubridor, el químico alemán Friedrich Ernst Dorn, para referirse en el año 1900 al gas que desprendían ciertos compuestos del radio.

 

La cadena no termina aquí, sino que el radón emite una partícula alfa para convertirse en polonio que, después de más reacciones radiactivas espontáneas, llegará finalmente a transformarse en un isótopo estable (no radiactivo) del plomo.

 

 

Daños celulares

 

El radón se forma de manera natural por sucesivas desintegraciones radiactivas del uranio presente en los suelos y rocas de toda la corteza terrestre. Una vez generado, emana a la atmósfera en forma de gas incoloro, inodoro e insípido. Cuando se inhala, sus descendientes (los distintos productos que se forman a partir de él por descomposición radiactiva, como el polonio) se adhieren al tejido pulmonar.

 

Los descendientes del radón son también radiactivos, por lo que se desintegran emitiendo partículas alfa. La energía de esta radiación alfa es rápidamente absorbida por las células pulmonares, y causa en ellas lesiones que modifican sus procesos normales. Como consecuencia, se producen alteraciones en las propiedades físicas y químicas del medio intracelular, se forman radicales libres o se provocan daños en diversas estructuras celulares (ADN, proteínas, membrana celular…), incrementándose de este modo el riesgo de desarrollar cáncer.

 

De hecho, el radón y sus productos de desintegración están reconocidos como carcinógenos humanos por la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC) de la Organización Mundial de la Salud.

 

Sus efectos sobre la salud aumentan proporcionalmente a la dosis recibida y, además, cualquier exposición, por pequeña que sea, conlleva un riesgo de desarrollar cáncer; es decir, se considera que no existe un nivel de radiación por debajo del cual el radón no cause efectos nocivos. Es importante tener también en cuenta que el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón se multiplica varias veces cuando la exposición al radón se combina con el tabaco.

 

 

Grietas, juntas y orificios

 

La solución, entonces, podría parecer fácil: para disminuir el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón por inhalación de radón se debe reducir al mínimo la exposición a él. Pero esto, desafortunadamente, no siempre resulta sencillo.

 

Los niveles de radón al aire libre son habitualmente muy bajos. Pero en el interior de los edificios las cantidades cambian drásticamente. El radón que emana del suelo entra en las casas a través de grietas en suelos y paredes, huecos en las juntas, poros en bloques y ladrillos de las paredes, desagües, tuberías… El gas, que se concentra en sótanos, bodegas y pisos bajos, se transporta, por difusión y por convección, al resto de la casa.

 

Su concentración en el interior de los edificios no solo depende de la riqueza en uranio del suelo sobre el que se asienta la casa, sino que también se ve influida por las vías de entrada del gas, los materiales de construcción, el aislamiento y la ventilación de las distintas estancias. Además, se da la circunstancia de que estos niveles varían según la época del año e incluso la hora del día. ¿Pero en qué punto empieza a ser preocupante la cantidad de radón presente en las viviendas?

 

 

Trescientas desintegraciones por segundo

 

Para proteger a la población frente los efectos nocivos del radón en viviendas y lugares de larga permanencia del público (como hospitales, residencias o centros de educación), el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) aprobó en enero de 2012 una guía de seguridad titulada Control de la exposición a fuentes naturales de radiación. En ella establece, siguiendo las recomendaciones de la Unión Europea, los niveles de referencia para la adopción de medidas de protección contra el radón o, en su caso, la iniciación de acciones de remedio.

 

De acuerdo con dicha guía, para las viviendas ya construidas el valor por encima del cual se deben iniciar acciones de remedio se sitúa en los 300 becquerelios por metro cúbico (Bq/m3) de concentración media anual de radón. Esta concentración significa que, en cada metro cúbico de aire, se producen de media 300 desintegraciones radiactivas de radón por segundo. Para los edificios de nueva construcción, el CSN recomienda un nivel objetivo de diseño de 100 Bq/m3 de concentración media anual.

 

 

El primer mapa de la península

 

Para que resulten efectivas, las políticas de protección que se establezcan para controlar este gas cancerígeno deben estar enfocadas hacia la población más expuesta a sus efectos nocivos. Con esta motivación el Consejo de Seguridad Nacional y la UNED han aunado sus esfuerzos y han elaborado el primer mapa que identifica las zonas peninsulares donde las viviendas tienen más riesgo de acumular concentraciones de radón superiores a los 300 Bq/m3.

 

 

En las zonas rosas, el 10% de los edificios presenta concentraciones de radón superiores a 300 Bq/m3. Las grises están pendientes de clasificación /UNED-CSN.

 

Con el objetivo de calificar el nivel de riesgo al radón de una zona determinada se utilizaron métodos estadísticos que empleaban datos provenientes de tres fuentes: la base de datos nacional de mediciones de radón en viviendas, el mapa de la radiación natural en España y mapas geológicos.

 

Los resultados del estudio, que fue publicado en Journal of Radiological Protection, ponen de manifiesto que los habitantes de Galicia, el oeste de Asturias, la parte más occidental de Castilla y León, Extremadura, el noroeste de Andalucía, la sierra de Madrid o algunos puntos de Cataluña y los Pirineos tienen más probabilidades de residir en una casa con niveles elevados de radón. Los investigadores atribuyen estos niveles a las características geológicas de los diferentes terrenos, ya que las rocas de todas estas zonas poseen altas concentraciones de elementos radiactivos de la familia del uranio, de los cuales el radón es descendiente.

 

 

Se vende casa libre de radón

 

Para reducir la presencia de este carcinógeno ambiental, la medida más sencilla consiste en una ventilación adecuada de la vivienda. Sin embargo, esto elimina tan solo un pequeño porcentaje del gas, además de resultar contraproducente en términos de ahorro energético. Para evitar que el radón alcance los pisos superiores se deben sellar grietas y fisuras, instalar sistemas de ventilación y practicar aberturas de aireación en los sótanos.

 

En los edificios de nueva construcción, las medidas de protección contra este gas resultan mucho más asequibles y efectivas. El CSN y el Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, en su informe Protección frente a la inmisión de gas radón en los edificios, establecen dos técnicas constructivas que pueden ser utilizadas de manera conjunta para conseguir mayor eficacia: establecer barreras anti-radón “impermeabilizando” los elementos constructivos en contacto con el terreno, e instalar sistemas de extracción o presurización para impedir que el gas penetre en el edificio. Aunque estas medidas llevan asociado un coste añadido al precio de la vivienda, en términos de salud siempre resultará una buena inversión.

 

 

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Beatriz Padín,estudiante del máster de Periodismo Científico de la UNED.

++ Instrucciones del laberinto radiactivo:partiendo del 238U, hay que llegar al isótopo estable del plomo, el 206Pb, que se encuentra a la salida del laberinto. Por el camino, se deben atravesar los siguientes elementos radiactivos que se forman por sucesivas desintegraciones alfa (en color naranja) y beta (en amarillo): uranio (U), torio (Th), protactinio (Pa), radio (Ra), radón (Rn), polonio (Po), plomo (Pb) y bismuto (Bi).

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Fuente e imágenes: divulgaUNED

 

Otra información relacionada:

 

Primer mapa que delimita las zonas más expuestas al radón de la península


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